Rodolfo Neri Vela, el primer astronauta mexicano, recuerda al joven que dudó de su carrera, que tuvo que trabajar para pagar sus estudios y comía una torta de jamón entre jornadas. En una conversación previa a su participación en el Festival Cultural de Otoño UACJ 2026, comparte las experiencias que lo llevaron de las aulas universitarias al espacio.
Con un café en la mano y la serenidad de quien tiene muchas historias por contar, Rodolfo Neri Vela nos recibe para conversar un rato.
No hay prisa. Tampoco necesidad de comenzar hablando de cohetes, astronautas o viajes espaciales. Esta vez, la conversación busca regresar a sus primeros años, cuando todavía no imaginaba que algún día contemplaría la Tierra desde el espacio.
La entrevista ocurre antes de su participación, este 21 de octubre, en el Festival Cultural de Otoño UACJ 2026, donde impartirá la conferencia “Vuelos tripulados: del orbitador a la colonización de Marte”, programada a las 18:00 horas en el Teatro Gracia Pasquel de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.
Pero antes de hablar del futuro de la humanidad fuera de nuestro planeta, le proponemos viajar hacia su propio pasado, aquel en el que las preocupaciones eran bastante más terrenales: elegir una carrera, encontrar trabajo y conseguir el dinero necesario para continuar sus estudios.
A los 18 años, sus días comenzaban a las siete de la mañana frente a un grupo de estudiantes de secundaria y terminaban cerca de las diez de la noche, cuando salía de sus clases de ingeniería en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Entre una jornada y otra, apenas había tiempo para trasladarse a Ciudad Universitaria y comprar una torta de jamón.
Aquel joven que corría de un salón a otro, sin imaginar todavía que algún día viajaría al espacio, se convertiría en 1985 en el primer astronauta mexicano.
Pero para llegar tan lejos, primero tuvo que aprender a abrirse camino aquí, en la Tierra.
Las matemáticas siempre le habían gustado. Encontraba en ellas un desafío que, lejos de intimidarlo, despertaba su curiosidad.
Desde los 11 años formaba parte de la comunidad universitaria, pues había ingresado a la Escuela Nacional Preparatoria Plantel 2 “Erasmo Castellanos Quinto”, que también ofrecía estudios de secundaria.
“Ya era, como se dice, Puma, con todos los derechos de cualquier universitario”, recuerda.
Su vocación parecía definida, quería ser ingeniero. El problema era decidir en qué especialidad.
Durante la preparatoria se inclinó por la química. Incluso eligió las materias necesarias para ingresar a esa facultad y convertirse en ingeniero químico metalúrgico.
Sin embargo, cuando estaba por dar el siguiente paso, cambió de opinión.
Descubrió que lo suyo era la ingeniería mecánica y eléctrica. “Pero había un inconveniente, para ingresar a la Facultad de Ingeniería necesitaba acreditar una materia que no había cursado”.
Lejos de renunciar a su decisión, buscó a un compañero que sí había llevado esa asignatura y le pidió ayuda.
Durante dos semanas recibió un curso intensivo de dibujo constructivo. Después se presentó ante un jurado para demostrar lo aprendido.
“Yo creo que me aprobaron por compasión”, cuenta entre risas.
Lo cierto es que aprobó.
Y aquella decisión de última hora terminó por cambiar el rumbo de su vida.
Su ingreso a la Facultad de Ingeniería parecía marcar el comienzo de una etapa prometedora. Sin embargo, las dificultades económicas no tardaron en aparecer.
“Mi padre se quedó sin empleo y la familia atravesó un periodo complicado, así que, para continuar estudiando, tuve que buscar trabajo”.
Lo encontró dando clases en una secundaria.
“Tenía varios grupos, pero, bueno, a los 18 años de edad no te duele nada. Y me daba tiempo para todo”.
Entraba a trabajar a las siete de la mañana y salía alrededor de las dos de la tarde. Después se trasladaba rápidamente a Ciudad Universitaria, compraba algo para comer y comenzaba sus clases a las cuatro.
La jornada terminaba hasta las diez de la noche.
“Me compraba una torta de jamón”, recuerda sobre aquellas tardes en las que apenas había tiempo para alimentarse antes de regresar al salón.
Así transcurrió su primer año de ingeniería.
Fue una etapa dura, reconoce. “Tuve que sacrificar algunas actividades, aunque procuraba encontrar momentos para hacer ejercicio, nadar, ir al cine o asistir a alguna fiesta”.
A pesar del cansancio y las limitaciones económicas, nunca perdió de vista su propósito: convertirse en ingeniero.
Conforme avanzaba en la carrera, uno de sus profesores de matemáticas reconoció sus habilidades y le ofreció convertirse en su ayudante.
“No va a ser gratis. Te vamos a pagar”, recuerda que le dijo.
Su responsabilidad consistía en revisar y calificar las tareas de los estudiantes de primer año.
Eran montones de ejercicios que debía examinar cuidadosamente, señalando errores y evaluando procedimientos.
Para entonces, Rodolfo ya cursaba el tercer año de ingeniería.
Más adelante, cuando estaba en cuarto año, recibió otra propuesta: asesorar a estudiantes que tenían dificultades con la materia de probabilidad y estadística.
Le ofrecieron un escritorio en la biblioteca, un horario y una remuneración.
“Para mí era sensacional porque me estaba ganando algo, lo mismo o tal vez más que cuando era maestro de secundaria, y dentro de la misma Ciudad Universitaria”.
Aquello representaba una oportunidad extraordinaria, pues ya no necesitaba trasladarse de una escuela a otra para trabajar y estudiar.
En 1972, cuando había completado aproximadamente el 70 por ciento de los créditos de su carrera, la Facultad de Ingeniería enfrentaba una escasez de profesores de matemáticas, así que las autoridades universitarias invitaron a seis estudiantes destacados de su generación a impartir cursos propedéuticos y convertirse en profesores de asignatura, aun sin haberse titulado.
“Más o menos así como los primeros astronautas que se llevaron a la NASA, nos convertimos nosotros, sin ser todavía titulados, en profesores de matemáticas”, relata con humor.
Tenía apenas 22 años y algunos de sus alumnos tenían 19.
La diferencia de edad era mínima, pero la responsabilidad era enorme.
Lo que había comenzado como una necesidad económica se convirtió también en una vocación por compartir el conocimiento.
“Yo no andaba ofreciéndome, pidiendo. Me buscaban mis profesores. Decían: ‘Tú llevaste muy bien la materia y ya tienes experiencia’”.
Por aquellos años, Rodolfo Neri Vela no imaginaba que algún día formaría parte de una misión espacial.
Su principal objetivo era mucho más cercano: obtener su título universitario.
“La vida se tiene que programar por etapas y la primera era obtener el título”.
Y así lo hizo.
Después vendrían una beca, sus estudios de posgrado en Inglaterra y el regreso a México, donde años más tarde aparecería una oportunidad que transformaría su historia.
En noviembre de 1985, a bordo del transbordador Atlantis, se convirtió en el primer mexicano en viajar al espacio.
El joven que había tenido que trabajar para sostener sus estudios, que alguna vez cambió de carrera a última hora y que comía una torta de jamón entre clases, había llegado mucho más lejos de lo que imaginaba.
Sin embargo, al recordar su trayectoria, no presenta aquel logro como el resultado de un destino escrito desde la infancia, sino como la consecuencia de una preparación constante.
Frente a las nuevas generaciones universitarias, su mensaje no gira alrededor de fórmulas extraordinarias para alcanzar el éxito.
Habla de estudiar, aprovechar las oportunidades y prepararse, incluso cuando todavía no se sabe hacia dónde conducirá el camino.
“Mi consejo para los chicos universitarios es que nunca se sabe qué te depara el destino. Lo importante es prepararte con dedicación. Y el día menos pensado las puertas se te van a abrir y vas a tener una gran experiencia y una maravillosa satisfacción personal”.
Después de una vida dedicada a la ingeniería, la docencia y la divulgación científica, resume su invitación en unas cuantas palabras:
“Perseveren, estudien y aprovechen el tiempo”.
La conversación está por terminar. Queda una última pregunta para el hombre que ya tuvo la oportunidad de contemplar nuestro planeta desde el espacio.
—Doctor Neri Vela, ¿qué le falta por hacer?
“¿A mí? Me falta ir al cielo. Sí, pero no tengo prisa”.
Y vuelve a reír.